Una huelga general para cambiarlo todo
↓ Descargar en PDFEl próximo 11 de noviembre se ha convocado una huelga general de 24 horas en todo el territorio del Estado español, bajo el lema «Huelga general por la vivienda y el coste de la vida». Es una convocatoria singular: la primera en catorce años secundada por los dos sindicatos mayoritarios; una huelga que no se limita a responder a una reforma lesiva, sino que pone encima de la mesa un programa de lucha y sale a la ofensiva; es una iniciativa impulsada desde los Sindicatos de Inquilinas; y coincide con un contexto de Cortes disueltas y convocatoria electoral inminente. No son rasgos menores.
Ante el reto abierto, vale la pena explicar qué huelga estamos intentando construir.
Antecedentes
El estallido social que siguió al desahucio de Maricarmen ha tomado la forma de movilizaciones masivas, acampadas en plazas y, próximamente, de una huelga general. La convocatoria no ha surgido de la nada ni ha sido una ocurrencia espontánea: es el resultado de un proceso de debate y preparación que solo ha podido avanzar cuando la calle ha abierto esa posibilidad.
El Sindicat de Llogateres de Catalunya incorporó la huelga general a su hoja de ruta después de las movilizaciones del otoño de 2024. La Confederación de Sindicatos de Inquilinas respaldó la iniciativa en el congreso en el que se constituyó, en otoño de 2025. A principios de 2026, los sindicatos de inquilinas de Málaga y Madrid comenzaron a trabajar en esa dirección; en el encuentro de Valencia de junio se debatió la propuesta con los sindicatos de inquilinas; y el 20 de septiembre la Coordinadora de la Confederación aprobó una hoja de ruta centrada en la convocatoria.
Durante este proceso se han mantenido conversaciones con buena parte del sindicalismo laboral, organizadas en tres ámbitos: el sindicalismo mayoritario; el sindicalismo alternativo y combativo; y los sindicatos de las naciones sin Estado. Los diálogos se han desarrollado tanto a nivel confederal como local. Al mismo tiempo, se propuso al movimiento por la vivienda impulsar nuevas movilizaciones en la primavera de 2026, con el lema «Ni alquileres por las nubes, ni salarios por los suelos».
Los Sindicatos de Inquilinas hemos trabajado, por tanto, para construir una alianza entre el sindicalismo laboral y la lucha por la vivienda. La historia ofrece numerosos ejemplos de la fuerza que puede alcanzar esa confluencia (aquí y aquí). La convocatoria actual es el resultado de una apuesta sostenida y de una oportunidad abierta por la movilización: a nadie puede sorprender que, cuando se han dado las condiciones, hayamos empujado con determinación para hacerla posible.
Los objetivos
Se suele decir que una huelga no es un fin en sí mismo, sino un medio. Por eso debemos decir con claridad qué queremos conseguir.
En primer lugar, organizar una huelga general real, capaz de detener la producción y de ir más allá de una jornada simbólica. En segundo lugar, conquistar reformas avanzadas que mejoren las condiciones de vida de la clase trabajadora y demuestren que podemos arrancar derechos a los poderes económicos, frente a la falsa promesa de la extrema derecha de resolver los problemas mediante la exclusión y el empobrecimiento de la población migrante.
Tercero, queremos abrir un nuevo periodo de luchas para los próximos meses y años, con un sindicalismo capaz de organizar a la mayoría social y hacer frente a la reacción. Si vienen mal dadas, que no nos puedan borrar de un plumazo. Cuarto, aspiramos a una unidad amplia del movimiento obrero y popular, que reúna las distintas luchas sociales. Por último, queremos abrir el sindicalismo a sectores que han quedado tradicionalmente al margen, como la población migrante o la juventud.
Pueden existir otros objetivos, estos son los nuestros. En lo inmediato, programa. A medio plazo, acumulación de fuerzas. En el horizonte estratégico, otro modelo de sindicalismo como herramienta necesaria para el cambio social y político.
El programa
¿Y contra quién es esta huelga?
La huelga se convoca bajo un Gobierno denominado progresista, en un contexto ya marcado por la campaña electoral y por la posibilidad de un gobierno reaccionario. Por eso surge una pregunta: ¿contra quién es esta huelga? La respuesta es clara: contra las empresas rentistas y la patronal inmobiliaria, contra el poder del rentismo sobre las instituciones y contra los gobiernos que, en todos los niveles, lo protegen.
Pero la pregunta que debería ocupar el centro del debate es otra: ¿por qué debemos sumarnos? Es decir, ¿qué queremos conseguir quienes promovemos la huelga? Por un cambio de modelo en el que la vivienda sea un derecho y no un bien con el que especular, este es el programa:
- Casas para vivir, no para especular. Recuperar las viviendas vacías para el alquiler, eliminar los pisos turísticos y prohibir la compra especulativa.
- Un gran parque público de vivienda, pagado por los ricos. Crear un millón de viviendas públicas en alquiler mediante un impuesto a la riqueza; expropiar viviendas en manos de fondos buitre y bancos; y desarrollar constructoras públicas para que el dinero de todos no sirva para enriquecer a unos pocos.
- Seguridad residencial. Establecer contratos de alquiler indefinidos, prohibir los desahucios y desmantelar las empresas de desokupación.
- Bajar los precios. Reducir un 50 % los alquileres y vincularlos a los ingresos; acabar con los abusos bancarios en las hipotecas; y controlar los precios de los alimentos, la energía y el transporte.
- Derechos sindicales en la vivienda. Reconocer la negociación colectiva y las huelgas de alquiler, derogar la Ley Mordaza y combatir el racismo inmobiliario.
- Salarios, pensiones y servicios públicos dignos. Subir salarios y pensiones, reducir la jornada laboral sin recortar los salarios, reforzar los servicios públicos y garantizar el acceso a los suministros básicos.
Es un programa más ambicioso que las reformas que hasta ahora hemos conseguido imponer, pero no está pensado para quedarse en una declaración de intenciones. Ya se trabaja en una propuesta concreta que pueda defenderse gobierne quien gobierne.
Una huelga para cambiarlo todo
A escasas dos semanas de la celebración de la huelga se va imponiendo la tarea de convertir nuestra imaginación en realidad. Concretar la forma que queremos dar a los acontecimientos. La huelga general ha de ser, o nos debemos dejar la piel en intentar que sea:
1Popular y masiva
Cuando el problema de la vivienda escala a convertirse en motor de una huelga general hay que recordar lo básico. La clase trabajadora es plural y una huelga general debe plantearse seriamente cómo incorporar a sectores diversos. Esto es tanto como decir que nuestra huelga no puede representar únicamente al sector que la impulsa. Hay que hacer un ejercicio de alianzas muy amplio y no perder de vista qué sector de población, tanto en un sentido numérico como cualitativo, representamos los Sindicatos de Inquilinas.
Aunque el problema más acuciante con la vivienda sea hoy el alquiler, esta huelga debe interpelar a las hipotecadas y personas propietarias de su vivienda en uso. Es una oportunidad para cortocircuitar la “alianza de los propietarios” oponiendo a ella el “antagonismo del especulador y rentista”.
Un ejercicio similar se debe hacer con respecto a las problemáticas sociales del trabajo, entendidas ampliamente. Se incluyen demandas salariales y de servicios públicos porque vertebran la vida de la clase trabajadora. Se intenta incorporar a esta huelga a organizaciones del campo (que viven con particularidad el problema de la carestía de la vida), pequeños comerciantes y autónomos (afectados también por la subida de alquileres) o pensionistas (que no la pueden secundar directamente). A sectores como estos va dirigida la iniciativa de huelga de consumo en grandes supermercados, por ejemplo. Se busca ampliar el antagonismo incluyendo en él a todos los poderes económicos que se lucran subiendo los precios de todo lo fundamental, no solamente la vivienda.
Por último, esta huelga llama a la confluencia. Por ello debe sumar luchas sociales relevantes que no son vivienda, pero sobre todo debe procurar trascender la sopa de siglas y convertirse en una conversación social muy amplia. El trabajo de diálogo con comunidades religiosas va en ese sentido.
Por estas razones hay que defender una huelga popular y consciente de la necesidad de una política de alianzas muy amplia.
Por lo demás, que una huelga general sea masiva, o no ceder ni un centímetro en que esa sea nuestra obsesión, depende de que consigamos capilaridad organizativa. Que el proceso de difusión de la huelga sea una acción de masas. Dice la literatura sobre organización que una de cada diez personas que se movilizan están dispuestas a militar. Las movilizaciones que precedieron a la convocatoria de la huelga general sumaron a más de un millón de personas. La aspiración es sencilla, preparar una infraestructura de huelga en la que puedan participar cien mil personas en sus tareas de difusión. En ese sentido se despliega una caja de resistencia unitaria, una aplicación para consultar actividades y una red de distribuidoras de materiales y sedes abiertas de todo tipo para recoger el material.
En el centro de esta infraestructura está el comité de huelga territorial y su tarea fundamental es sostener esta infraestructura y permitir la participación en la huelga de cuantas más personas mejor. Esta es la apuesta por un comité de huelga unitario, su faceta de órgano de democracia obrera, en demasiados casos degenerados en parlamento de organizaciones minoritarias, es totalmente secundaria. El mundo por organizar y convencer está fuera de nuestros comités por muy unitarios que sean.
2Laboral, social y que nos pertenezca a todas
El tipo de huelgas generales en las que ya estamos inmersos, y sin duda las que vendrán, se debaten y organizan en el centro de trabajo y fuera de él. Cuando ya estamos en “modo huelga”, es decir, tras su convocatoria, impera cierta practicidad y se acude a un pacto de división del trabajo. Los sindicatos laborales en el centro de trabajo. El movimiento estudiantil a institutos y facultades. Los sindicatos sociales y asociaciones civiles de todo tipo a la organización territorial. Siempre que sea posible buscar dinámicas de vinculación que permitan la expansión del movimiento, pero sin perderse en buscar las fórmulas de composición poco naturales. Y cuando se encara la recta final mucha coordinación para preparar los piquetes.
En nuestro caso, la forma organizativa de los Sindicatos de Inquilinas es doble, por un lado, a nivel territorial y por el otro con secciones sindicales de propiedad (bloques verticales). Es ahí donde nosotras nos tenemos que centrar, aunque también creemos equipos de apoyo a la difusión en determinados centros de trabajo, asambleas de trabajadoras o conferencias sindicales. A nosotras corresponde organizar brigadas sindicales para hacer puerta a puerta en bloques de inquilinas y, junto con más movimientos sociales, impulsar todas las acciones de difusión posibles por el territorio, así como liderar la extensión hacia todo tipo de entidad social del entorno, independientemente de su fin, para que se sume y difunda la huelga.
Si conseguimos una huelga de este tipo, popular y masiva, laboral y social, esta huelga ya es unitaria. Que lo sea es una característica irrenunciable si el objetivo es que la huelga tenga el máximo seguimiento posible. Y esta pluralidad es la que debemos escenificar en todas las movilizaciones del día de la huelga, tanto en piquetes como en manifestaciones.
El ejercicio de reapropiación de la huelga se simboliza cuando cada comité de huelga unitario, en el momento en que se constituye, vota a mano alzada la convocatoria y establece el compromiso de remar para que la iniciativa sea un éxito. Los sindicatos legalizan la huelga, pero su convocatoria nos pertenece a todas.
3Una huelga general que enraíce y amplíe el ciclo de luchas abierto
Esto es la huelga general entendida como proceso. Por lo tanto, no importa solo el día de la huelga. Importa el antes y el después. Detrás del estallido Maricarmen y las movilizaciones y acampadas hay más razones que la vivienda. ¿Cuáles son exactamente? Eso es lo que hay que descubrir. Algunas pistas en el siguiente informe, pero igualmente hay que hacer el ejercicio en cada lugar.
Para que el ciclo de luchas que se ha abierto continúe y se desarrolle es necesario enraizarlo y ampliarlo. Es decir, llevarlo a nivel local y extenderlo por cuantos más puntos mejor. Debe adquirir, por lo tanto, la personalidad de las luchas pendientes a escala municipal. Debe impulsar la vida de las luchas sociales promoviendo su confluencia.
Las consignas deben tomar forma. Por esta razón hemos promovido que los comités de huelga territoriales redacten sus propios programas de reivindicaciones locales. Que recojan estas reivindicaciones en un acta de constitución del comité y las presenten ante sus ayuntamientos o empresas responsables de los principales conflictos abiertos. Que las difundan en los medios de comunicación locales. Que las utilicen conjuntamente con las reivindicaciones generales para presentarse ante toda entidad civil del entorno para invitarles a que se sumen a la huelga. Y lo más importante, que el comité se responsabilice de este programa para dar cuerpo y continuidad a los movimientos que se están generando a escala local. No podemos dejar a un lado la responsabilidad del “posthuelga” y dejar toda negociación de los programas en el ámbito confederal o en las dinámicas de convenios colectivos. Una huelga general que lucha en diferentes planos tiene muchas más posibilidades de conquistar victorias.
En síntesis, constituir el comité como espacio para la difusión masiva de la huelga, dotarlo de unas reivindicaciones que representen al conjunto del municipio, parar la ciudad y, por último, picar a la puerta de los responsables de la situación social en que vivimos para exigir cambios. El comité es así, no simplemente un espacio de difusión, sino también una herramienta para la organización del conflicto en todos los territorios y de construcción de poder sindical y popular.
4Internacionalista
Dos días después del desahucio de Maricarmen arrancó en Madrid «El Barrio», el segundo encuentro internacional de inquilinas celebrado en el Estado español, bajo el lema «Inquilinas del mundo, uníos». Llevamos años tejiendo una red internacional de alianzas. Si el rentismo no conoce fronteras, nuestra organización sindical tampoco.
La huelga general del 11N coincide con movilizaciones y huelgas en otros países. Tenemos ante nosotras una oportunidad para dar un paso más: avanzar hacia la coordinación de las luchas a escala europea y extenderla por más países. Las primeras iniciativas ya están en marcha, esperemos que lleguen a buen puerto. Tarde o temprano, lo sabemos, las movilizaciones entrarán en reflujo. Será entonces cuando debamos redoblar los esfuerzos de organización y formación para incorporar a quienes se hayan acercado a la lucha y dar continuidad sindical a las experiencias surgidas durante el ciclo de movilizaciones. Pero antes, la huelga debe servir para cimentar un ciclo de lucha social que traspase todas las fronteras.
Unidad y desborde
La unidad no significa subordinación al sindicalismo mayoritario.
Esta huelga general fue convocada en pleno por toda la alianza sindical que hemos procurado dinamizar desde la Confederación de Sindicatos de Inquilinas: todo el sindicalismo alternativo confederal, los sindicatos de las naciones sin estado y los sindicatos mayoritarios. Junto a ellos van a marchar más de trescientos comités de huelga territoriales y centenares de asociaciones que se están adhiriendo.
El hecho de haber conseguido sumar a CCOO y UGT es sin duda positivo para conseguir que la huelga tenga un impacto real en los centros de trabajo. El reto ahora es conseguir que su implicación sea efectiva y que contribuya a activar a sus afiliadas, su estructura de delegados y al conjunto de las plantillas. Cada día cuenta para conseguirlo, pero no se va a poder hacer balance antes del día de la huelga. Los nervios hay que mantenerlos a raya. Hasta después del 11 es imposible tener la foto. Y cuando tengamos la foto, comprobaremos que no existe una lectura homogénea que valga para todos los territorios y para todos los sectores. Eso sí, aunque los sindicatos mayoritarios sean entre los convocantes quienes tienen un peso mayor, esta huelga no les pertenece en exclusiva ni pueden atribuirse la dirección. La unidad no significa subordinación.
Por otro lado, hay que cerrar el debate sobre si hay que expulsar a los sindicatos mayoritarios. Una propuesta así, independientemente de las razones que la motiven, no contribuye a que la huelga funcione. Por mucho que sean sindicatos, en ocasiones actúan como partido y hacen dejación de funciones en su misión de construir la huelga en el centro de trabajo. Esta huelga general, la primera en catorce años, no se ha convocado para visibilizar a la “alternativa” a CCOO y UGT. Para el sindicalismo combativo, más cercano al modelo sindical que promueven los Sindicatos de Inquilinas, esta es una buena oportunidad para presentarse ante la clase trabajadora y sumarla a sus propuestas. Pero eso no se hace cerrado en una sala criticando a los sindicatos mayoritarios e insistiendo en que lo importante es forzar su marginación. Que se imponga la humildad. No se va a permitir que la huelga sea un escaparate a costa de la propia salud de la iniciativa.
Igualmente preocupante es la posición de las organizaciones políticas que pretenden romper las movilizaciones unitarias e impedir la coordinación de los piquetes. Lo primero es un error político y una pérdida de tiempo; lo segundo puede tener consecuencias graves en términos represivos y en cualquier caso debilita el impacto de la huelga. Presentar estas posiciones como una contribución a la huelga resulta decepcionante. Justificarlas con retórica revolucionaria no cambia sus consecuencias prácticas. La huelga no puede subordinarse al proyecto de construir un partido. El método no puede volver a ser la ruptura. La independencia no justifica jugar con lo que es de todas.
Cabe recordar que la unidad no es reparto de cuotas, ni la autonomía es una excusa para renunciar a construir una huelga común. La participación de los sindicatos mayoritarios es necesaria para llegar a los centros de trabajo; la del sindicalismo alternativo, para ampliar su capacidad de organización y conflicto; y la del movimiento popular, para superar los límites del sindicalismo tradicional. Ninguna organización debe confundir su contribución con la propiedad de la huelga o ponerla en riesgo. El criterio es sencillo: si una iniciativa amplía la participación, contribuye a la huelga; si antepone el protagonismo propio, la debilita.
Ante quienes no ponen toda la carne en el asador para que esta huelga funcione, quienes pretenden un protagonismo que no les corresponde y quienes pretenden romper la convocatoria unitaria, la respuesta debe ser el desborde. Desborde para superar los límites y los intereses particulares de las organizaciones y convertir la convocatoria en una huelga para ganar. Que la huelga no sea solamente la expresión de una fuerza social que ya existe; que sea el instrumento para organizar una fuerza social latente.
Pasada la huelga todos los debates sobre el problema del sindicalismo se volverán a abrir. Los tendremos en mejores circunstancias si el 11N hemos triunfado. Es claro que el estado de cosas en el sindicalismo no nos sirve y que es necesario un cambio radical. Necesitamos otro modelo sindical. Esta tarea es de suma importancia para reconstruir a la clase trabajadora y abrir posibilidades a una mayoría social antifascista que esté en la calle, en el curro, en el bloque, en el instituto y que aspire a cambiar el mundo en el que vivimos.
La lucha sindical en el contexto electoral
Hay quien piensa que el hecho de que esta huelga general coincida con la convocatoria electoral es un problema. Todo lo contrario. Es el mejor escenario que podía tener la lucha sindical para intervenir socialmente en un año que iba a estar marcado por este asunto.
Todas las elecciones son importantes, pero las próximas del 29N lo son especialmente. Nadie en su sano juicio puede tener una posición dubitativa a ese respecto. Está en juego la posibilidad de un gobierno estatal de coalición entre la derecha radical y los neofascistas. No hace falta calcular las consecuencias antes de tiempo, pero no estamos ante un cambio de un gobierno de “centroizquierda” por uno de “centroderecha” como ha sido el turnismo desde la transición. Que esto no suceda nos conviene a todas.
La cuestión no es que haya que salvar a quien no lo merece. Lo que hace posible la huelga es intervenir en el ciclo electoral desde el sindicalismo y la lucha social sin necesidad de hacer campaña electoral. Nos da la oportunidad de activar una conversación para centrar la atención en los problemas sociales que preocupan a la gente trabajadora y para poner encima de la mesa un programa. Permite que ante la concatenación de “sucesos” que día tras día trasiegan la esfera pública, emerja una iniciativa nítida y desde abajo. Y lo más importante, gracias a la huelga, podemos proponer a multitud de personas que quieren organizarse hacerlo con el sindicalismo y no a través del partido-electoral.
En conclusión
Esta huelga puede significar mucho más que una jornada de movilización. Puede ser el punto de partida para que el sindicalismo de clase vuelva a ocupar un papel central en la sociedad, recuperando su capacidad para conquistar derechos, transformar nuestras condiciones de vida y ampliar los horizontes de lo posible. Porque nuestra tarea no es únicamente defender lo conquistado, sino organizar la fuerza colectiva necesaria para conquistar una vida mejor. Una huelga para cambiarlo todo no termina cuando acaba el día de huelga.
El 11N, lo paramos todo
